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Espiritualidad

Memento mori: recordar que vas a morir para dejar de aplazar la vida

Recordar la muerte puede ayudarnos a vivir con más presencia y también con más prudencia. Un día no estaremos: vale la pena preguntarnos qué hacemos hoy con el tiempo recibido y qué quedará en las personas cuando nosotros nos hayamos ido.

Una persona ante una carta en un escritorio, con un reloj y una fotografía familiar junto a la ventana. Imagen editorial generada con IA.

Hay conversaciones que tenemos pendientes desde hace años, visitas para las que nunca encontramos un fin de semana y decisiones importantes que siguen esperando a que termine una época complicada. Lo curioso es que las épocas complicadas se relevan con una puntualidad admirable. Cuando acaba una, la siguiente ya ha fichado. Así vamos dejando para más adelante lo que decimos que nos importa, como si alguien nos hubiera confirmado por escrito que tendremos tiempo de sobra para atenderlo todo.

Entre tanto, podemos pasar una tarde entera ocupándonos de una tontería que olvidaremos el mes que viene. No porque seamos necesariamente superficiales, sino porque lo urgente hace ruido y lo importante suele esperar en silencio. Recordar que vamos a morir introduce una interrupción en ese mecanismo. Nos obliga a mirar la agenda con una perspectiva distinta: si el tiempo es limitado, quizá no todas sus casillas merezcan el mismo trato ni todas las preocupaciones tengan derecho a instalarse en primera fila.

Qué significa memento mori

La expresión latina memento mori suele traducirse como «recuerda que vas a morir». Tiene bastante menos éxito comercial que «tú puedes con todo», lo reconozco, pero también presenta menos problemas de veracidad. En el capítulo XXI del Enquiridión, Epicteto propone tener presente la muerte como un ejercicio para revisar nuestros deseos y nuestra manera de actuar. La fórmula latina y el texto griego no son la misma cosa, pero comparten una invitación: dejar que la conciencia del límite reordene lo que hacemos mientras estamos vivos.

Marco Aurelio vuelve sobre esa perspectiva en Meditaciones, IV.17: no actuar como si dispusiéramos de un plazo interminable y ocuparnos del bien que todavía podemos hacer. No está invitándonos a acumular experiencias antes del cierre ni a demostrar que hemos exprimido cada segundo. La pregunta tiene un contenido moral: ¿cómo vives?, ¿qué haces con lo que depende de ti?, ¿en qué clase de persona te estás convirtiendo mientras esperas el momento adecuado para empezar?

Hay aquí una distinción que me parece esencial: lo opuesto a la muerte no es la vida, sino el nacimiento. No lo planteo como una definición de diccionario, sino como una manera de contemplar nuestra existencia. Nacimiento y muerte señalan su entrada y su salida, y ambos pertenecen a ese acontecer al que llamamos vivir. La muerte no es un asunto completamente ajeno que irrumpe desde otro universo; la finitud está ya en nuestros días, en lo que cambia, en lo que termina y en lo que nunca vuelve exactamente igual.

Podemos tener distintas convicciones sobre lo que sucede después de morir. La conciencia del límite no resuelve por sí sola esa cuestión ni exige que todos adoptemos una misma respuesta. Sí nos reúne ante una certeza compartida: no vamos a permanecer aquí de esta forma para siempre. Y, mientras seguimos buscando comprender lo que somos, tenemos una existencia concreta que cuidar. A veces nos apasiona tanto discutir sobre la eternidad que olvidamos llamar a una persona que todavía puede contestarnos.

Aprovechar el instante también exige prudencia

De ahí podría salir una conclusión bastante disparatada: si todo termina, hagamos ahora cuanto nos apetezca y que mañana recojan los desperfectos. Es una manera de entender el presente que se parece mucho a vaciar la cuenta corriente porque la tarjeta tiene fecha de caducidad. Pero vivir intensamente no supone vivir sin consecuencias. El instante contiene posibilidades de gozo y también responsabilidades; aprovecharlo exige atender a lo que una decisión hace contigo y con quienes participan de tu vida.

La finitud nos invita a la presencia, pero también a la prudencia. Si quieres que tu paso por el mundo sea bueno, conviene preguntarte qué dejas detrás de cada acción. Una palabra puede reparar una relación o herirla durante mucho tiempo. Una promesa puede sostener a alguien o abandonarlo esperando. Saber que un día no estaremos nos da razones para no aplazar indefinidamente el bien, y también para no causar con ligereza daños que seguirán actuando cuando ya no podamos explicarnos ni pedir perdón.

Imagina una discusión con alguien a quien quieres. Puedes pasarte tres semanas defendiendo el orgullo, repasando mentalmente tu alegato y esperando que la otra persona se arrastre un poco antes de reconciliaros. También puedes preguntarte qué estás protegiendo realmente y cuánto tiempo deseas seguir pagando por ello. No significa asumir una culpa que no es tuya ni volver a una relación dañina. Significa mirar con más amplitud: ¿hay algo valioso que puedo cuidar ahora?, ¿estoy esperando una ocasión mejor o simplemente me cuesta dar el primer paso?

Con otros asuntos ocurre algo parecido. Tal vez quieras aprender una disciplina, recuperar una amistad o dedicar más atención a tus hijos. La pregunta no es qué harías si te quedaran veinticuatro horas, porque una vida no se organiza razonablemente como una despedida permanente. Pregúntate mejor qué espacio merece eso en una semana corriente. Esa aplicación de las humanidades al arte del buen vivir devuelve la reflexión a su terreno más exigente: la tarde del martes, con cansancio y cosas por hacer.

El legado empieza mientras estás aquí

Cuando hablamos de legado pensamos enseguida en obras, patrimonio, apellidos o una placa que alguien tendrá que limpiar. Pero la mayor parte de nuestra influencia tiene una forma mucho más discreta. Queda en cómo enseñamos a escuchar, en la confianza que ayudamos a construir, en la manera de tratar a quien tenía menos poder que nosotros. Un hijo puede olvidar muchos consejos y recordar durante décadas si en casa se podía reconocer un error sin que empezara un juicio sumarísimo.

El legado también tiene una parte práctica que no conviene despreciar por poco poética. Dejar información importante localizable, hablar de determinadas preferencias y atender con el asesoramiento adecuado las decisiones patrimoniales o de cuidados puede ahorrar dificultades a quienes nos quieren. No hace falta convertir la sobremesa en una reunión de notaría; basta con reconocer que el amor incluye asuntos bastante prosaicos. Un documento bien resuelto puede ser una expresión de responsabilidad tan verdadera como una carta preciosa.

Para empezar te propongo mirar tres cosas concretas: una relación que no quieras seguir dejando para después, una decisión cuyo coste estás trasladando a otros y algo bueno que te gustaría ayudar a crecer. Escoge una acción posible en cada caso, sin prometerte una personalidad nueva para el próximo lunes. Quizá sea hacer una llamada, aclarar un compromiso o enseñar a alguien lo que sabes. Lo pequeño no se vuelve irrelevante porque la vida sea breve; a menudo es precisamente ahí donde una vida adquiere profundidad.

Y deja sitio al descanso, al juego y a una conversación sin utilidad demostrable. Aprovechar cada instante no exige llenarlo de actividades, igual que agradecer una comida no consiste en engullirla a toda velocidad. Si la vida es un regalo, disfrutarla puede significar detenerse a percibir lo recibido. También ahí hay una elección sobre cómo vivir: permitir que algo nos importe sin pedirle que produzca un resultado, una fotografía o una línea más en el currículum.

Recordar la muerte tiene sentido si nos devuelve a la vida con una mirada más despierta. Nacimos, estamos aquí y un día nos iremos; entre esos límites podemos aprender a amar, comprender, crear y cuidar con mayor hondura. No sabemos cuántas ocasiones quedan, pero algunas están ocurriendo ahora. Esa es una de las preguntas que propongo trabajar en Filosofías que ayudan a vivir: cómo hacer de lo comprendido una manera de estar en el mundo, y dejarlo un poco mejor mientras todavía tenemos manos para hacerlo.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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