01
De pequeño prefería los libros de filosofía a jugar al fútbol. Tenía muchos amigos, aunque a la mayoría solo podía encontrarlos en una biblioteca. Llevaban siglos muertos y, aun así, me decían más sobre mí y sobre la vida que muchas conversaciones con los chicos de mi edad. Los amigos de carne y hueso me costaban un poco más. Ser tímido e introvertido no ayudaba. Mis intereses, tampoco.
El fútbol sigue sin gustarme. Así que, si quieres organizar una conferencia el día de un Barça-Madrid, puedes contar conmigo. Lo de llenar la sala ya lo hablamos.
02
Un buen currículum también puede llevarte a una vida que no es la tuya.
Quise estudiar Filosofía. Mis padres pensaban que de eso no se comía y no conseguí convencerles de que no me importaba pasar un poco de hambre. Acabé estudiando Derecho, hice un máster en Asesoramiento Fiscal y entré a trabajar en una Big Four. Un recorrido perfectamente razonable. De esos que quedan bien cuando alguien pregunta a qué se dedica tu hijo.
Para muchas personas habría sido un sueño. Yo descubrí allí lo que se siente cuando tu vida encaja en las expectativas de los demás y tú no encajas en ella. Trabajaba, cumplía, avanzaba… y me costaba encontrar sentido a lo que hacía. No se lo deseo a nadie. Bueno, quizá a algún enemigo durante un ratito, para que reflexione.
Una noche, a las dos de la mañana, seguía delante del ordenador de la oficina. Me vi convertido en un zombi con un currículum prometedor. Y entendí algo que todavía guía lo que escribo y enseño: el éxito necesita parecerse a la persona que va a vivirlo.
Si alguna vez has sentido que estabas haciendo todo lo que tocaba y, aun así, aquello no era lo tuyo, ya tenemos algo importante de lo que hablar.
03
Empecé a recuperar mi vida a las cuatro de la mañana.
No tuve todas las respuestas de golpe. Empecé por hacer sitio a lo que me importaba: estudiar. A los veinticuatro años adquirí la costumbre de levantarme a las cuatro de la mañana para leer, investigar y pensar. Sigo haciéndolo. En casa nadie ha conseguido superarme. También es verdad que nadie ha mostrado el menor interés en intentarlo.
Aquellas horas me ayudaron a doctorarme en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, con una tesis sobre la meta-economía de E. F. Schumacher. Pude dedicarme a las preguntas que me acompañaban desde niño y que seguían teniendo consecuencias muy prácticas: cómo vivir, qué merece nuestro tiempo y cómo poner a la persona en el centro de lo que hacemos. Años después, aquel doctorado me abriría también las puertas de la universidad.
Encontré algunas respuestas. Otras seguían pendientes. Por eso llevo más de veinticinco años estudiando y practicando distintas escuelas filosóficas, sapienciales y espirituales. He conocido maestros, comunidades, gurús y caminos de lo más variado. Algunos me han ayudado mucho. Otros me han enseñado a desconfiar un poco más. También ha sido un aprendizaje útil.
04
A los cuarenta me regalé un mes en silencio.
Hay quien celebra los cuarenta comprándose un reloj o un coche. Yo me fui treinta días a hacer ejercicios espirituales en soledad y silencio. Un mes entero. Para alguien que disfruta tanto explicando cosas, comprenderás que la experiencia tenía su dificultad.
Fue uno de los mejores regalos que me he hecho. Mi mujer lo vivió desde otra perspectiva: se quedó con cinco niños durante aquel mes de vacaciones. Si cuento esta historia, también tengo que contar esa parte. El mérito estuvo bastante repartido. Volví mejor de como me había ido, y sigo creyendo que cualquier experiencia espiritual debe notarse en cómo vuelves a tratar a quienes tienes cerca.
Si el doctorado había puesto a trabajar mi mente, aquel mes me ayudó a escuchar mi espíritu. Hoy entiendo al ser humano como cuerpo, mente y espíritu, y creo que necesitamos atender las tres dimensiones. Un currículum estupendo dice bastante poco sobre cómo estás viviendo por dentro.
05
Una espiritualidad que se note en cómo vives.
Defiendo un humanismo abierto a la trascendencia y una espiritualidad humanista, crítica y dialogante. Para mí, la religión y la espiritualidad deben ayudarnos a religarnos con nosotros mismos, con los demás y con la vida; a releer lo que nos sucede y a elegir con más lucidez cómo queremos responder.
No creo que Dios hable un solo idioma. Me interesan las grandes tradiciones espirituales y lo que pueden enseñarnos sobre la atención, el deseo, el sufrimiento o el cuidado del otro. Esa búsqueda está también en mi libro Dios no se ofende. Puedes compartir mis convicciones o discutirlas conmigo: pensar juntos exige poder hacer ambas cosas.
06
La vida tiene cosas que enseñarnos aunque no nos gusten.
Suelo decir que la Vida tiene un manual de instrucciones. Con ello me refiero a algo que he ido descubriendo al estudiar y al equivocarme: hay formas de vivir que nos hacen más lúcidos, más libres y más capaces de querer; otras nos dañan y acaban dañando a quienes tenemos cerca. Las consecuencias de nuestros actos nos enseñan mucho, aunque a veces lo hagan a tortas.
Eso no significa que todo sufrimiento sea culpa nuestra ni que vivir con sabiduría nos proteja de la pérdida, la enfermedad o la injusticia. Significa que podemos aprender a responder mejor a lo que nos toca. Yo intento hacerlo. A veces me falta conocimiento; otras, algo bastante más incómodo de admitir: me falta vivir a la altura de lo que ya sé.
Escribo porque me ayuda a pensar y porque siento la responsabilidad de compartir lo que voy aprendiendo. Me asombra que dediquemos tanto esfuerzo a aprender un oficio y tan poco a estudiar el arte de vivir. Tenemos siglos de experiencias, preguntas y conocimientos a nuestro alcance. Una parte de mi trabajo consiste en acercártelos de manera que puedas hacer algo con ellos.
07
Y entonces apareció la inteligencia artificial.
Como soy un culo inquieto, en cuanto me topé con la IA quise averiguar hasta dónde podía llegar. La probé, la incorporé a mi trabajo e hice un máster eminentemente práctico. Transformó mi manera de investigar, escribir, preparar clases y desarrollar proyectos. Hoy también la utilizo en marketing, gestión y muchas tareas cotidianas que antes me consumían tiempo o se quedaban por hacer.
Por eso enseño a utilizarla. Quiero que puedas aplicarla a tus necesidades, entender cómo pedirle ayuda y reconocer cuándo conviene comprobar, corregir o decidir por tu cuenta. Es fascinante lo que permite hacer. También he experimentado sus riesgos y lo fácil que resulta dejar que una herramienta vaya ocupando el lugar de tu propio juicio.
Aquí mis viejos amigos de hace dos mil años han vuelto a echarme una mano. Los clásicos y las tradiciones espirituales tienen mucho que aportar a las preguntas que abre la tecnología: qué merece nuestra atención, qué entendemos por una vida buena y qué responsabilidades seguimos teniendo cuando delegamos una tarea.
La IA puede ayudarte a escribir más deprisa. Saber qué merece ser escrito sigue siendo una pregunta tuya. Esa relación entre capacidad y criterio atraviesa mis libros, mis conferencias y mis formaciones: humanidades e inteligencia artificial al servicio de una vida con éxito y sentido.
08
La empresa me baja de las nubes. Mi familia termina el trabajo.
Doy clases en la universidad y trabajo como directivo de marketing e IT. Vivir entre esos dos mundos me viene bien: la empresa me pone delante necesidades, plazos, personas y decisiones que no esperan a que termine de afinar una teoría. Me protege de las ensoñaciones en las que podemos caer quienes pasamos horas entre libros o explicando ideas en un aula.
Por eso me interesa tanto lo que los filósofos clásicos pueden enseñar a un directivo que tiene que decidir, a un trabajador que busca sentido en lo que hace o a un profesor que intenta educar. Lo mismo ocurre con las grandes tradiciones religiosas: sus enseñanzas sobre la atención, la responsabilidad o la relación con el otro tienen consecuencias en una reunión, en una clase y en una conversación difícil.
En casa la comprobación es todavía más rigurosa. Me acompaña desde hace más de treinta años una mujer con la que comparto la vida, y tenemos cinco hijos a los que mis títulos y mis libros impresionan bastante poco. Me cuestionan, me ponen a prueba y me obligan a revisar muchas cosas. La coherencia se examina a diario y el tribunal no se deja deslumbrar fácilmente.
09
Explico lo complicado como necesitas escucharlo.
Me considero un divulgador de lo esencial. Me gusta explicar las cosas con claridad, franqueza, ejemplos reconocibles y humor. Escribo bastante como hablo, y alguna palabra malsonante se cuela. Me interesa que entiendas una idea y puedas usarla; mi vocabulario tiene menos vocación de solemnidad que algunos de mis temas.
Si para ti la profundidad exige hablar de forma incomprensible y mantener siempre la compostura, puede que yo te desconcierte. Si te gusta aprender, cuestionarte y reírte un poco por el camino, probablemente nos entenderemos. Podemos hablar de cosas muy serias sin poner cara de entierro.
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Ahora cuéntame qué necesitas tú.
Quizá quieres aprovechar la IA en tu trabajo, tomar una decisión sobre tu futuro, escribir un libro o comprender mejor algo que estás viviendo. Quizá buscas una conferencia o una formación que ayude a tu equipo o a tus alumnos a pensar y actuar con más criterio. Para eso escribo, enseño y comparto lo que encuentro. Puedes acercarte por cualquiera de esas puertas.
Me gustaría que de este encuentro te llevaras algo que te sirva: una idea que te aclare, una herramienta que sepas utilizar o una pregunta que cambie tu próxima decisión. Si además nos reímos un poco, mejor. Los seres humanos somos nudos de relaciones; me encantará que tú pases a formar parte de las mías.

