El mito de Sísifo: cuando cada día parece empezar desde cero
La bandeja de entrada vuelve a llenarse. La casa vuelve a desordenarse. La piedra vuelve a caer. Sísifo parece un personaje antiguo hasta que miras tu agenda.

Hay tareas que tienen una peculiaridad desesperante: cuanto mejor las haces, antes parece que dejan de haber sido necesarias. Preparas la comida y al cabo de unas horas vuelve el hambre; recoges la casa y la vida se encarga de desordenarla; terminas de responder los correos y llegan otros, quizá para que no te falte compañía. Al final del día has trabajado mucho y, sin embargo, apenas encuentras algo que puedas señalar y decir: esto ha quedado resuelto para siempre. En días así, la imagen de Sísifo empujando su piedra nos resulta bastante cercana.
Es fácil reconocer en ella el cansancio de empezar una y otra vez. Lo difícil es distinguir qué estamos repitiendo, para quién tiene valor y si de verdad tendría sentido esperar que dejara de necesitarse. Porque hay esfuerzos que nos mantienen atrapados y otros que sostienen la vida, aunque desde fuera puedan parecerse. La piedra de Sísifo puede ayudarnos a examinar esa diferencia, siempre que no utilicemos el mito para decidir de antemano que toda rutina es una condena o que toda perseverancia merece un aplauso.
Qué cuenta el mito de Sísifo
En el canto XI de la Odisea, Odiseo contempla a Sísifo en el mundo de los muertos, esforzándose por llevar una gran piedra hasta la cima de un monte. Cuando está a punto de conseguirlo, la piedra retrocede y cae, y él vuelve a empujarla. Así aparece la escena en el pasaje de Homero: un esfuerzo que no alcanza su término y obliga a comenzar de nuevo. A partir de esa imagen quiero proponerte una lectura sobre nuestra vida cotidiana, sin atribuir al relato antiguo una explicación de nuestras agendas ni reducir el símbolo a una única interpretación.
Lo que me inquieta de la escena es la impresión de que el esfuerzo queda anulado cada vez que la roca desciende. Podemos reconocer algo semejante al terminar una jornada sin saber qué hemos sostenido, construido o cuidado con ella. Hemos estado ocupados, desde luego, pero nos cuesta relacionar esa actividad con algo que nos importe. A veces hay una organización absurda detrás, con tareas duplicadas e informes que nadie utiliza; otras, somos nosotros quienes seguimos cumpliendo una obligación que hace tiempo dejamos de examinar.
Preguntarnos para qué sirve ese esfuerzo puede resultar especialmente difícil cuando llevamos años sintiéndonos orgullosos de nuestra capacidad para sostenerlo. Hemos aprendido a subir la piedra deprisa, nos felicitan por hacerlo y quizá incluso enseñamos a otros cómo mejorar su técnica. Detenernos a pensar si merece la pena parece entonces una amenaza a todo lo conseguido. Pero hacerlo puede ser la primera ocasión de distinguir entre una entrega valiosa y una costumbre a la que seguimos obedeciendo porque ya no recordamos cómo empezó.
Hay cosas que necesitan ser cuidadas otra vez
Ahora bien, sería injusto medir todas las tareas por la posibilidad de darlas por terminadas. Una comida no fracasa porque al día siguiente haya que cocinar de nuevo. Escuchar a un hijo no pierde su valor porque mañana llegue con otra preocupación, ni una amistad deja de merecer atención porque nunca podamos considerarla definitivamente cuidada. En esos casos, la repetición forma parte de aquello que hace posible que la vida continúe. Lo que hemos hecho hoy tiene valor aunque no elimine la necesidad de volver a hacerlo.
Quizá nos cuesta reconocerlo porque hemos aprendido a valorar especialmente lo que puede exhibirse como un logro acabado. Un proyecto se entrega, una obra se inaugura y un título se cuelga en la pared. En cambio, la presencia cotidiana que permite a alguien sentirse acompañado deja una huella menos fácil de mostrar. Sin embargo, basta que falte durante un tiempo para que comprendamos cuánto sostenía. Algunas de las aportaciones más importantes a nuestra vida proceden de personas que estuvieron ahí muchas veces, sin esperar a que cada gesto produjera una novedad extraordinaria.
Esa mirada cambia la pregunta sobre la rutina. En lugar de limitarnos a lamentar que todo vuelva a empezar, podemos examinar qué ocurre gracias a lo que repetimos. Tal vez estemos manteniendo una relación, facilitando el trabajo de otros o creando las condiciones para que alguien aprenda. Descubrirlo puede devolver sentido a una tarea, aunque no suprima el cansancio. Comprender para qué hacemos algo no nos convierte en seres inagotables, y conviene recordarlo antes de que alguien aproveche nuestra reflexión para encargarnos también lo suyo.
Reconocer el sentido no obliga a cargar con todo
Que un cuidado tenga valor no significa que deba recaer siempre sobre la misma persona. Necesitamos descanso, recursos, ayuda y un reparto que permita sostenerlo sin quedar consumidos por él. Hay tareas que conviene abandonar, otras que necesitan cambiar de forma y algunas que merecen continuar, pero acompañadas. La pregunta por el sentido incluye también las condiciones en las que realizamos lo que consideramos importante.
Por eso hablar de laboriosidad y tenacidad exige conservar la posibilidad de revisar el camino. Perseverar puede expresar fidelidad a algo valioso, pero también puede servirnos para evitar una decisión que sabemos necesaria. Si no admitimos esa diferencia, convertimos una virtud en una orden de seguir aguantando. Y acabamos admirando la resistencia sin interesarnos demasiado por la vida de quien resiste.
Te propongo que elijas una tarea de tu semana que se repita y te pese, y que la mires con un poco de calma. ¿A quién beneficia? ¿Qué ocurriría si dejaras de hacerla? ¿Podrías compartirla o realizarla de otra manera? Tal vez descubras que el problema no está en lo que haces, sino en la cantidad, en la falta de apoyo o en que nadie reconoce su valor. También puede suceder lo contrario: que una actividad revestida de importancia apenas sostenga nada que merezca tu tiempo. Las respuestas necesitan sinceridad, no una conclusión bonita preparada de antemano.
Como sucede con el laberinto y el hilo de Ariadna, el mito puede ayudarnos a ver algo que la prisa había vuelto invisible. Mañana habrá que atender de nuevo a personas, conversaciones y asuntos que hoy ya nos han ocupado. Ojalá sepamos reconocer cuáles merecen nuestras manos, cuáles necesitan otras manos junto a las nuestras y cuáles podemos dejar en el suelo. En «Los mitos: maestros de vida» continúo esa búsqueda: escuchar los relatos antiguos para comprender mejor lo que hacemos con nuestra propia existencia.
