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Robots en trabajos peligrosos: automatizar para cuidar

Sacar a una persona del peligro puede ser una buena automatización. El reto es proteger también sus ingresos, su participación y el sentido de su trabajo.

Un robot humanoide opera una válvula en un entorno industrial de pruebas mientras dos profesionales observan tras un cristal. Fotografía editorial generada con IA; marca IA abajo a la izquierda.

Ante una fuga de sustancias tóxicas, alguien tiene que entrar, acercarse al vertido y tomar una muestra. Podemos equiparlo, formarlo y reducir los riesgos, pero seguirá siendo su cuerpo el que entre en contacto con el peligro. Si mañana un robot pudiera hacer esa tarea con suficiente fiabilidad, ¿nos parecería mal que sustituyera a esa persona? La pregunta resulta bastante distinta de la que nos hacemos cuando una empresa anuncia que va a prescindir de trabajadores gracias a la IA.

En ambos casos hablamos de sustitución, pero en uno vemos enseguida una amenaza y en el otro podemos reconocer una forma de protección.

Robots que todavía están en pruebas

El 30 de septiembre de 2026, HTX inauguró en Singapur el Home Team Humanoid Robotics Centre, dedicado a entrenar robots humanoides para tareas de seguridad pública. La agencia menciona trabajos con sustancias peligrosas, escenarios posteriores a una explosión, reposición de material de ambulancias y revisión de celdas. Son desarrollos y pruebas, no robots ya desplegados haciendo todo eso.

El objetivo oficial sitúa un primer uso operativo en 2028 y afirma que los robots pretenden apoyar a los agentes, no reemplazarlos. El comunicado técnico de HTX añade que el desarrollo avanzará por etapas y que, antes del despliegue, los sistemas deberán superar pruebas de fiabilidad y ciberseguridad. La noticia abre una cuestión que va más allá de esa intención: qué parte del trabajo humano nos interesa conservar y por qué.

Proteger al trabajador no es conservar cada tarea

Solemos mirar con desconfianza la posibilidad de que la IA o los robots nos quiten el trabajo. Es comprensible: el empleo proporciona ingresos, estabilidad, relaciones y un lugar desde el que sentir que aportamos algo. Perderlo puede afectar mucho más que al saldo de una cuenta. Pero de ahí no se sigue que debamos defender de la misma manera todas las tareas que hoy realizamos.

Si confundimos proteger al trabajador con conservar intacto su puesto, podríamos acabar defendiendo también la exposición al peligro que precisamente querríamos evitarle. Hay trabajos peligrosos, insalubres o físicamente agotadores que no elegiríamos para nosotros ni para nuestros hijos. Pensemos en entrar en un espacio contaminado o pasar años respirando polvo dañino: no necesitamos idealizar ese esfuerzo para reconocer el valor de quien lo realiza. Puede haber entrega, habilidad y orgullo profesional en esos oficios, y hay personas que los eligen conscientemente.

Lo que les da dignidad no es la posibilidad de enfermar o morir, sino su condición de personas y la aportación que hacen. Reducir el daño que soportan no tendría por qué restarles valor; podría ser una manera muy concreta de reconocerlo.

Algo parecido ocurre con los trabajos que prácticamente nadie quiere hacer, aunque aquí conviene mirar con más cuidado. A veces se rechaza una tarea porque es especialmente desagradable; otras, porque está mal pagada, organizada con horarios imposibles o tratada con desprecio. No es lo mismo. Decir que nadie quiere limpiar no permite concluir que la limpieza carece de valor ni que quien la hace sea fácilmente sustituible.

Antes de presentar un robot como solución, habría que preguntarse qué parte del rechazo nace de la tarea y qué parte de las condiciones que hemos decidido ofrecer. La automatización tampoco debería servir para justificar retrospectivamente que esas personas hayan sido tratadas mal.

El progreso no puede dejar solo a quien paga su coste

Reconocer todo eso no obliga a mantener para siempre una actividad penosa en manos humanas. Si una máquina puede asumirla bien, hay una oportunidad real de mejorar la vida de alguien. Nos hemos acostumbrado tanto a que ciertos trabajos sean duros que a veces tratamos su dureza como una necesidad inamovible. Y quizá ya no tenga que serlo en la misma medida.

La dificultad aparece cuando esa persona sale del peligro, pero también se queda sin ingresos. Desde fuera puede parecer una mejora evidente; desde su casa quizá se viva como una amenaza inmediata. No hay contradicción en que quiera un trabajo menos dañino y, a la vez, tema perder el que sostiene a su familia.

Por eso una automatización que aspire a beneficiar a los trabajadores necesita ocuparse de lo que sucede después: nuevas funciones cuando sean posibles, formación accesible y apoyo real durante el cambio. Pedirles que celebren una ganancia social mientras soportan solos su coste sería una forma bastante injusta de repartir el progreso. Como escribí al pensar en quien enseña su oficio a un robot, el conocimiento del trabajador también le da derecho a participar en las decisiones y en el valor que ayuda a crear.

Además, sustituir una tarea no equivale necesariamente a hacer desaparecer todo un oficio. Un agente puede dejar de entrar en un espacio contaminado y seguir siendo necesario para evaluar la situación, preparar la intervención y decidir cómo responder. La propia propuesta de Singapur apunta a ese reparto. Tampoco significa que cualquier tarea humana restante vaya a ser mejor por definición: dependerá de cómo se organice.

Si el tiempo liberado se transforma en más vigilancia sobre el empleado o en una exigencia de producir sin descanso, habremos reducido un esfuerzo mientras aumentamos otro. Lo que importa es cómo queda la jornada y la vida de quien trabaja, no solo qué hace el robot.

Comprobar que la tecnología protege de verdad

En los trabajos peligrosos, esa mejora tiene que ser real, no una promesa apoyada en una demostración vistosa. Un robot que falla y obliga a alguien a entrar a rescatarlo podría trasladar o incluso aumentar el riesgo. La utilidad estará en comprobar que actúa de forma fiable en las condiciones para las que se lo utiliza y que las personas pueden detenerlo o corregir la intervención. Esto no es una razón para renunciar a desarrollarlo. Es la forma de tomarse en serio el objetivo: si lo ponemos ahí para proteger un cuerpo humano, habrá que verificar que de verdad lo protege.

Por eso no me convence discutir la sustitución laboral como si todas sus formas fueran moralmente equivalentes. Automatizar una tarea que da sentido a quien la realiza, sin ofrecerle otra posibilidad, no plantea exactamente el mismo problema que evitarle una exposición tóxica. Ni retirar a alguien de un peligro autoriza a dejarlo sin sustento. Necesitamos distinguir qué se sustituye, a quién beneficia y quién asume las consecuencias.

Esa mirada permitiría apoyar ciertas automatizaciones con convicción, discutir otras y exigir que el trabajador participe en las decisiones, en lugar de obligarnos a elegir entre defender cualquier puesto o celebrar cualquier recorte. Quizá una buena pregunta ante la próxima noticia sobre robots sea si aceptaríamos para nosotros las condiciones del trabajo que queremos conservar en manos de otro.

Yo querría una tecnología que nos permitiera sacar a las personas del peligro sin apartarlas de la posibilidad de ganarse la vida y aportar algo valioso. Si la IA puede ayudarnos a hacerlo, tendremos buenas razones para impulsarla. La decisión siguiente será cómo convertir esa capacidad en una mejora que también pueda reconocer quien hasta ayer hacía ese trabajo. La guía de inteligencia artificial con criterio humano reúne más textos sobre empleo, responsabilidad y poder.

Origen y fuentes

Esta entrada adapta mi artículo de LinkedIn «¿Y si el trabajo que quita la IA es uno que no querríamos hacer?», publicado el 7 de octubre de 2026. Los hechos sobre el centro, sus casos de uso y el horizonte de 2028 se han contrastado con la información oficial de HTX y su comunicado técnico.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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