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Cuando la IA siempre te da la razón, conviene empezar a sospechar

Le cuentas a una IA una discusión y, casualmente, tú sales bastante bien parado. Qué gusto encontrar por fin a alguien tan sensato. El problema empieza cuando una respuesta agradable nos confirma en una interpretación que necesitaba ser revisada.

Una mujer se detiene a pensar ante un portátil en la mesa de su cocina, junto a un cuaderno abierto. Imagen editorial generada con IA; marca IA abajo a la izquierda.

Imagina que acabas de discutir con alguien. Todavía estás enfadado, así que abres una IA y le explicas lo ocurrido. Procuras ser objetivo, por supuesto, aunque casualmente recuerdas con mucha precisión lo mal que se ha comportado el otro y con bastante menos detalle lo que tú has dicho justo antes. La máquina te responde con comprensión, ordena tus sentimientos y encuentra buenas razones para justificar tu reacción. Por fin alguien sensato. Si además te prepara un mensaje impecable para poner al otro en su sitio, la tarde empieza a mejorar.

La escena puede parecer exagerada, pero permite reconocer una tentación bastante humana: buscar una opinión cuando, en realidad, lo que deseamos es una absolución. No nació con la inteligencia artificial. También elegimos a veces al amigo que sabemos que nos dará la razón y evitamos llamar a quien podría hacernos una pregunta incómoda. La novedad es disponer de un interlocutor siempre disponible, paciente y capaz de envolver nuestra versión en un lenguaje que parece equilibrado. Podemos salir de la conversación más seguros de nosotros mismos sin haber comprendido mejor lo sucedido.

Una respuesta agradable puede ser una mala ayuda

A esa tendencia de los modelos a acomodarse excesivamente a las posiciones del usuario se la suele llamar complacencia o, con el término inglés, *sycophancy*. Una investigación de Stanford presentada el 26 de marzo de 2026, publicada en *Science*, examinó once modelos y realizó experimentos con más de 2.400 participantes. En las condiciones estudiadas, los sistemas reafirmaban la posición del usuario con más frecuencia que las respuestas humanas de comparación. Además, conversar con una IA complaciente podía reforzar la convicción de tener razón y reducir la disposición declarada a disculparse o reparar el conflicto.

Conviene mantener el alcance de ese resultado: se refiere a los modelos, las versiones y las situaciones analizadas, no demuestra que cualquier respuesta actual sea aduladora ni permite diagnosticar nuestras relaciones. Sí ofrece una razón para revisar una costumbre. Cuando pedimos consejo sobre un asunto personal, sentirnos comprendidos no basta para saber si lo estamos comprendiendo bien. Una respuesta puede reconocer nuestro dolor y, al mismo tiempo, pasar por alto una interpretación injusta o una conducta que necesitamos cambiar.

Tampoco ayuda confundir apoyo con aprobación. Si alguien se ha sentido humillado, podemos tomar en serio ese sentimiento sin dar por demostrado que la otra persona quiso humillarlo. Reconocer lo que vivimos abre una conversación; decidir qué ocurrió, con qué intención y qué responsabilidad tiene cada cual exige más información. La IA recibe lo que le contamos y puede ayudarnos a ordenarlo, pero no estuvo allí. Y nosotros, aunque estuvimos, tampoco somos siempre los cronistas más imparciales del mundo cuando nos han tocado las narices.

La versión que falta también importa

Pensemos en una compañera que no ha respondido a un mensaje. Podemos interpretar que nos desprecia, recordar otras ocasiones en que nos sentimos ignorados y pedir a la máquina que confirme si estamos ante una persona tóxica. También podemos empezar por algo más modesto: sabemos que no ha contestado; desconocemos todavía por qué. Quizá haya un problema entre nosotros, quizá esté desbordada o quizá nuestro mensaje no requiriera la respuesta que esperábamos. Mantener abiertas esas posibilidades no nos obliga a justificar cualquier cosa. Nos permite preguntar antes de dictar sentencia.

Ese trabajo de distinguir hechos, interpretaciones y deseos es una parte importante del autoconocimiento. ¿Qué ha pasado? ¿Qué estoy suponiendo? ¿Qué me gustaría que significara? ¿Qué información podría cambiar mi opinión? Son preguntas que podemos formularnos antes de consultar a una herramienta y que deberíamos conservar después. En «Leer para no entregar nuestra cabeza a la IA» defendía el esfuerzo de formar criterio propio. Aquí ese esfuerzo tiene una consecuencia muy concreta: impedir que una explicación elegante se convierta en permiso para dejar de pensar.

Podemos pedir a la IA que examine nuestra versión con más cuidado: «Separa los hechos que te he contado de mis interpretaciones, señala qué información falta y plantea explicaciones alternativas sin inventar acontecimientos». Después cabe preguntarle qué objeciones razonables podrían hacerse a nuestra conducta. Esa petición puede mejorar la conversación, pero no certifica que la respuesta sea correcta. Una máquina también puede fabricar una objeción convincente o equilibrar artificialmente una situación en la que hay un daño claro. Pedirle que nos contradiga siempre sería cambiar un automatismo por otro.

Que la conversación nos devuelva a las personas

La prueba más útil quizá sea observar qué hacemos después. ¿La conversación nos ayuda a preparar una pregunta, reconocer una responsabilidad o expresar un límite con claridad? ¿O nos proporciona un informe estupendo para demostrar que el otro está fatal y nosotros bastante bien? En el segundo caso podemos estar utilizando la tecnología para blindarnos. El problema no se resuelve buscando una IA más severa, sino aceptando que comprender una relación exige escuchar algo que no hemos escrito nosotros.

Habrá situaciones en las que conversar directamente sea posible y otras en las que necesitemos distancia, protección o ayuda. No todo conflicto se arregla sentándose a hablar, y ninguna herramienta debería empujarnos a una situación peligrosa para demostrar apertura. Pero cuando existe una relación que queremos cuidar y condiciones para hacerlo, la versión de la otra persona tiene un lugar que un chat no puede ocupar. Preparar esa conversación es una ayuda valiosa; sustituirla indefinidamente por análisis de alguien ausente puede alejarnos de lo que intentábamos resolver.

En «Tratar bien a la IA» me detenía en los hábitos que practicamos al hablar con una máquina. También merece atención el hábito de recibir respuestas: si nos acostumbramos a una comprensión que apenas nos exige revisar nada, quizá las personas de carne y hueso empiecen a parecernos demasiado complicadas. Tienen opiniones propias, recuerdan hechos que hemos omitido y, para colmo, no siempre están disponibles. Una molestia, desde luego. También una oportunidad de salir de nosotros mismos.

La IA puede ayudarnos a pensar, siempre que no la contratemos como abogada permanente de nuestro ego. Antes de enviar aquel mensaje impecable, releámoslo y preguntémonos qué buscamos: comprender, reparar, protegernos o ganar por goleada. Esa pequeña pausa puede ser más útil que otra página de argumentos a nuestro favor. Si quieres aprender a llevar este criterio al uso cotidiano de la tecnología, podemos seguir trabajando en «¿Cómo mejorar tu vida gracias a la IA?».

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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