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Pensamiento y sociedad

Recuperar el valor simbólico de la ciencia: conocer para participar de la realidad

La atención científica puede abrirse a una profundidad contemplativa. Simone Weil, el símbolo y el conocimiento como participación en la realidad.

Un microscopio de latón y un prisma que descompone la luz sobre un cuaderno junto a una ventana.

Una misma estrella puede ser observada de muchas maneras. Podemos calcular su posición, estudiar su luz y tratar de comprender los procesos físicos que la hacen brillar. También podemos contemplarla hasta sentir que la noche nos concierne, que pertenecemos a una realidad más amplia que nuestras preocupaciones. La precisión del primer movimiento y la hondura del segundo pueden encontrarse en una misma persona y en una misma mirada.

Me interesa esa posibilidad de conocer sin quedar encerrados en la superficie de lo conocido. La ciencia ofrece un camino extraordinario para investigar la naturaleza. Su valor simbólico aparece cuando esa atención a las formas y los procesos permite también reconocer y vivenciar una profundidad que se manifiesta a través de ellos. El conocimiento puede convertirse entonces en participación en la realidad y en apertura al Absoluto.

La atención de la que habla Simone Weil

En La gravedad y la gracia, Simone Weil relaciona ciencia, atención y experiencia religiosa. En el apartado dedicado a la inteligencia y la gracia reflexiona sobre la geometría pitagórica y sobre el significado contemplativo de la astrología y la alquimia. Su juicio sobre la ciencia moderna es exigente y provocador: le preocupa la pérdida de una atención orientada hacia lo eterno.

La distinción decisiva de su reflexión es espiritual. Weil contempla el estudio de las formas, los astros y las sustancias como un posible acceso a la verdad mediante símbolos, y distingue esa orientación de la búsqueda de poder mágico. Su pregunta nos compromete todavía: ¿qué sucede en nosotros cuando conocemos?, ¿hacia dónde se dirige la atención que ponemos en las cosas?

Recibo esa pregunta como una invitación a recuperar profundidad. Podemos investigar con todo el rigor necesario y dejar que el encuentro con lo real modifique también nuestra manera de estar en el mundo. Conocer implica aprender a recibir algo que no hemos fabricado y que puede corregir nuestra interpretación, nuestros deseos y nuestra autosuficiencia.

Una realidad que se revela en sus formas

El símbolo relaciona lo visible con lo invisible. Una forma concreta puede hacer presente una realidad que la desborda y permitirnos participar de ella. Esa relación tiene un alcance que va más allá de asignar un significado personal a un objeto. El símbolo puede ser revelación: la realidad se manifiesta a través de él y nos invita a entrar en relación con lo manifestado.

La visión clásico-tradicional que he estudiado a través de José Olives Puig entiende el mundo como un ámbito de correspondencias y analogías. Las formas naturales pueden convertirse en soportes de conocimiento espiritual. La semilla, la luz, el centro o el movimiento adquieren una profundidad que la descripción exterior, aun siendo valiosa, no agota. Lo sensible puede abrirnos a lo inteligible y a lo vivenciable.

Así, contemplar una semilla permite atender a una transformación real y, al mismo tiempo, participar de una enseñanza sobre nuestra propia transformación. He desarrollado esa posibilidad en El simbolismo del grano de mostaza. La vida que se despliega ante nosotros puede ayudarnos a reconocer una Vida que nos habita y nos trasciende.

Explicar un proceso y participar de su sentido

Hay una diferencia entre conocer las propiedades de un alimento y alimentarnos. Podemos describir su composición con precisión y seguir teniendo hambre. La descripción prepara un conocimiento valioso; la incorporación compromete otra dimensión de nuestra relación con él. Algo semejante sucede cuando conocemos una realidad desde fuera y cuando dejamos que ese conocimiento nos transforme.

En el encuentro con la naturaleza podemos analizar, comparar, formular hipótesis y contrastarlas. También podemos disponernos a una atención contemplativa que involucre al conjunto de la persona. Ambas exigencias piden honestidad: el estudio debe responder a lo observado y la contemplación requiere despojarnos de nuestras proyecciones para recibir lo que se revela.

La analogía simbólica no sustituye una demostración experimental. Tampoco una medición decide por sí sola todas las preguntas sobre el sentido, el valor o el ser. Saber qué tipo de conocimiento estamos ejerciendo nos permite relacionarlos sin confundir sus procedimientos. Una inteligencia integrada reconoce que hay diversas formas de acercarse a lo real y se deja enriquecer por ellas.

El conocimiento al servicio del ser humano

Mi objeción al cientifismo nace de aquí: convertir un modo de conocer en la medida exclusiva de toda realidad limita nuestra comprensión del ser humano. Las preguntas por la verdad, el bien, la belleza y Dios comprometen facultades y experiencias que no se agotan en lo cuantificable. La inteligencia puede reconocer límites en sus métodos sin renunciar a la búsqueda.

Entiendo el conocimiento como algo al servicio de nuestra realización. Su fecundidad se manifiesta cuando nos ayuda a vivir con más verdad, a actuar con responsabilidad y a reconocer nuestra relación con todo lo que existe. Podemos utilizar lo aprendido para dominar o para cuidar. También podemos dejar que la realidad estudiada nos descentre y nos haga más humildes.

La atención religiosa, en el sentido profundo que me interesa, nos religa: con Dios, con el cosmos, con los demás y con nosotros mismos. La especialización encuentra entonces un horizonte humano y espiritual más amplio. Cada saber puede convertirse en una puerta hacia la unidad, en lugar de ser una habitación en la que encerrarnos.

Abrir el ojo de la contemplación

La tradición habla del ojo interior para nombrar una capacidad de conocimiento que implica a nuestro ser. Podemos preparar esa mirada con gestos sencillos. Observar una hoja antes de clasificarla. Escuchar el sonido de la lluvia sin utilizarlo como fondo para otra actividad. Estudiar un fenómeno con paciencia y permitir después que su presencia resuene en el silencio.

La contemplación pide tiempo y disponibilidad. A veces descubrimos que estábamos mirando solo lo que esperábamos encontrar. Otras advertimos una relación que no habíamos percibido. Y, en ocasiones, el conocimiento adquiere una cualidad difícil de reducir a palabras: una experiencia de participación, de pertenencia a una realidad que nos incluye. El símbolo puede hacer presente esa profundidad y facilitar su vivencia.

La imagen de William Blake de un mundo en un grano de arena expresa poéticamente esa apertura. Podemos acercarnos a una parte sin olvidar el Todo que se manifiesta en ella. Esa aspiración anima mi manera de entender las humanidades y el desarrollo del potencial humano: conocer las cosas y, a través de ellas, aprender a reconocer el Ser del que participamos.

Un saber que encuentre vida en nosotros

Pensar y contemplar pueden fecundarse mutuamente. La razón ayuda a distinguir, a examinar y a evitar confusiones; la apertura intelectual y espiritual permite reconocer una profundidad que el análisis aislado no incorpora por completo. En Pensar con el corazón, amar con cabeza exploro esa necesidad de integración entre facultades que con demasiada frecuencia enfrentamos.

Recuperar el valor simbólico de la ciencia significa abrir espacio para esa integración. Investigar con rigor, contemplar con atención y permitir que lo conocido se convierta en vida. Tal vez la pregunta más fecunda, después de comprender algo del mundo, sea qué ha cambiado en nuestra manera de pertenecer a él. Ahí empieza el tránsito de poseer una explicación a participar conscientemente de una realidad.

Fuentes y lecturas

Simone Weil, La gravedad y la gracia, apartado «Inteligencia y gracia». Texto en traducción inglesa.

William Blake, Auguries of Innocence, imagen inicial del mundo en un grano de arena.

Quim Muñoz Traver, Las humanidades como método de desarrollo del potencial humano, apartado 4.c: el símbolo como relación, revelación y vivencia de lo simbolizado.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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