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Educación

Escuchar de verdad: el regalo de prestar atención

Escuchar es hacer espacio a otra persona. Cómo practicar la escucha activa, comprender sin dar siempre la razón y regalar atención en casa, en el trabajo y en el aula.

Dos adultos conversan con atención en un patio mediterráneo, sentados ante una mesa con dos tazas. Fotografía generada con IA; marca IA en la esquina inferior izquierda.

Imagina que estás contando algo que te importa. La otra persona te mira, asiente y, antes de que hayas terminado, te explica lo que deberías hacer. O aprovecha una palabra tuya para contarte una historia suya. Has abierto una pequeña puerta y, cuando te das cuenta, el invitado ha ocupado toda la casa. La conversación continúa, pero lo que necesitabas decir se ha quedado a medias.

Es fácil reconocerlo cuando nos lo hacen. Algo más difícil resulta descubrir cuándo lo hacemos nosotros. Porque podemos querer mucho a alguien, tener la mejor intención del mundo y escucharle fatal. Podemos estar preparando una respuesta brillante mientras se nos escapa lo más importante: la persona que tenemos delante.

Entiendo la escucha activa como el esfuerzo de comprender lo que alguien quiere expresar, comprobar si lo hemos entendido y responder con atención. Requiere algo más que callarse. Requiere dejar espacio al otro, incluso cuando su manera de ver las cosas incomoda a la nuestra. Por eso creo que escuchar de verdad es una forma de entrega. Y un regalo que también recibe quien lo hace.

Qué significa escuchar de verdad

Hay conversaciones que parecen un intercambio, pero son dos monólogos esperando turno. Mientras tú hablas, yo ordeno mis argumentos, busco una anécdota mejor o me preparo para demostrarte que estás equivocado. Guardo silencio por fuera y celebro una tertulia bastante ruidosa por dentro. Después me sorprendo de que me digas que no te he escuchado. ¡Si no te he interrumpido ni una vez!

La diferencia está en mi disposición. ¿Quiero comprender lo que estás viviendo o estoy buscando dónde colocar lo que yo ya pensaba? Comprender supone admitir que todavía me falta algo: un dato, un matiz, una preocupación que no he visto. El otro puede enseñarme algo, aunque se exprese con dificultad, tenga menos estudios o no comparta mis convicciones.

Carl Rogers y Richard Farson señalaban en su texto Active Listening, de 1957 que la escucha necesita apoyarse en una actitud de respeto hacia la persona. Aplicar sus gestos como una técnica, sin esa disposición, los vacía de sentido. Me parece una advertencia muy oportuna: asentir, inclinar la cabeza y repetir la última frase no garantiza que alguien nos importe. También se puede fingir interés con una técnica impecable.

La prisa por ayudar puede dejar al otro sin voz

Pensemos en alguien que nos dice: «Estoy agotado con el trabajo». Nuestra primera reacción podría ser ofrecerle una agenda, recomendarle que delegue o explicarle que todos vamos igual. Tal vez necesite organizarse mejor. Pero también puede estar intentando contarnos que se siente solo, que no sabe decir que no o que ha perdido el sentido de lo que hace. Si damos por resuelto el problema antes de conocerlo, corremos el riesgo de responder a una pregunta que nadie nos ha hecho.

Una pregunta sencilla abre más espacio: «¿Qué es lo que más te está pesando?». Después toca soportar unos segundos sin llenarlos con nuestra sabiduría. No siempre es fácil. A veces queremos ayudar; otras, sentirnos útiles; y otras, acabar cuanto antes con una conversación que nos resulta incómoda. Conviene distinguirlo, porque nuestras prisas pueden disfrazarse de generosidad.

También podemos preguntar: «¿Quieres que pensemos juntos qué hacer o necesitas que te escuche un rato?». Habrá ocasiones en las que haga falta actuar y otras en las que acompañar sea ya una ayuda. El consejo puede llegar después, cuando tenga un destinatario concreto y responda a lo que realmente le ocurre.

Escuchar no obliga a dar la razón

Quizá temamos que escuchar con apertura nos deje indefensos, como si comprender a alguien significara aceptar cualquier cosa que diga. Podemos reconocer una preocupación y discrepar de su explicación. Podemos entender que alguien esté enfadado y considerar injusto lo que ha hecho con ese enfado. Escuchar nos permite situar mejor el desacuerdo; no nos exige renunciar al juicio.

Imagina que un compañero interpreta una corrección como un desprecio. Puedes aclarar tu intención y, al mismo tiempo, interesarte por cómo le ha llegado. Tal vez descubras que elegiste mal el momento, hablaste delante de quien no debías o diste por supuesto algo que no habías explicado. La conversación puede mostrarte un error propio sin convertirte en culpable de todo. Y puede ayudarte a sostener una corrección necesaria con más cuidado.

Tampoco tenemos una disponibilidad infinita. Si ahora no podemos atender, resulta más honesto decirlo y proponer un momento concreto que ofrecer una presencia a medias. «Quiero escucharte bien; ¿podemos hablar después de cenar?» puede expresar más respeto que un «sí, sí, te escucho» mientras seguimos respondiendo mensajes. Lo decisivo será cumplirlo.

Cómo practicar la escucha activa sin convertirla en un teatro

Podemos empezar por apartar lo que compite con la conversación. Si el móvil no hace falta, guardarlo. Si hay ruido o interrupciones, buscar un momento más tranquilo. Después, dejar terminar y preguntar por aquello que no comprendemos. Una pregunta abierta, como «¿cómo lo has vivido?», permite que la respuesta nos sorprenda; una pregunta que ya contiene el veredicto apenas deja margen al otro.

Conviene comprobar también nuestras interpretaciones. «Si te he entendido, lo que te preocupa es… ¿Es así?». Rogers y Farson proponían devolver con palabras propias lo comprendido para que el interlocutor pudiera confirmarlo o corregirlo. No se trata de repetirle como un loro ni de adivinar lo que siente. Precisamente porque podemos equivocarnos, preguntamos. Un silencio, una mirada o una vacilación merecen atención, pero no son un diccionario que nos autorice a leerle la mente a nadie.

Y hay que permitir que la respuesta cambie algo en nosotros. Si preguntamos únicamente para conducir al otro hacia la conclusión que ya teníamos preparada, estamos haciendo una entrevista con el resultado escrito. Escuchar exige aceptar que quizá debamos rectificar una opinión, reconocer una necesidad o hacer algo distinto después. Ahí empieza a costarnos de verdad.

En casa, en el trabajo y en el aula

Como padre, profesor y persona que trabaja en una empresa, me interesa especialmente una dificultad: cuanto más creemos que nos corresponde orientar, más fácil resulta anticipar la respuesta. Un hijo empieza una frase y ya sabemos qué le conviene. Un alumno plantea una duda y repetimos la explicación. Un compañero señala un problema y le contamos cómo debería resolverlo. Nuestra experiencia puede ser valiosa, pero necesitamos averiguar qué parte de ella sirve en esa situación.

Preguntar a un alumno dónde se ha perdido puede enseñarnos más que repetirlo todo más despacio. Dejar que un compañero termine de describir una dificultad puede descubrir una información que faltaba. Escuchar a alguien de casa sin aprovechar cada frase para darle una lección puede abrir una conversación que, de otro modo, se cerraría. A veces, el problema de quien habla no es que le falten buenos consejos. Es que todavía no ha encontrado sitio para explicarse.

He escrito sobre el deber de hacerse entender. Ese deber tiene su correspondencia: hacer el esfuerzo de entender a los demás. La comunicación pide trabajo a ambos lados. Quien sabe mucho necesita aprender a explicarlo; quien escucha necesita permitir que algo nuevo llegue hasta él.

Una espiritualidad que deja hablar

En las enseñanzas de Thich Nhat Hanh recogidas por Plum Village sobre la escucha profunda, escuchar con compasión aparece unido al esfuerzo de comprender el sufrimiento y cuidar la palabra. Es una práctica espiritual que se juega en la relación, en cómo recibimos a quien está delante.

A mí esa perspectiva me interpela. Podemos dedicar mucho tiempo a buscar profundidad y muy poco a atender a las personas con las que vivimos. Podemos hablar de amor universal y desesperarnos porque alguien tarda demasiado en contarnos su día. Si la vida interior ha de transformar nuestra manera de vivir, también tendrá que hacerse visible en esa paciencia concreta. La persona que interrumpe nuestros elevados pensamientos quizá sea precisamente quien necesita nuestra atención.

Por eso relaciono la escucha con las humanidades como arte del buen vivir. El conocimiento de lo humano se verifica también cuando una vida distinta de la nuestra encuentra espacio en la conversación. Leemos para ampliar la mirada; escuchar nos ofrece la posibilidad de ampliarla ante alguien que puede respondernos.

Un regalo de doble sentido

Quien se siente escuchado recibe algo difícil de sustituir: la experiencia de importar, de merecer tiempo sin tener que competir por él. Quien escucha puede descubrir una preocupación que ignoraba, una idea que le faltaba o una persona que había reducido a una etiqueta. Esa era la intuición de mi texto original y sigue pareciéndome válida: al regalar atención también recibimos.

Te propongo algo pequeño para tu próxima conversación. Elige a alguien a quien sueles dar por conocido y permite que termine lo que quiere contarte. Pregunta algo cuya respuesta no sepas. Comprueba qué has entendido. Y resiste, durante un rato, las ganas de llevar la conversación hacia ti. Tal vez descubras que esa persona todavía tiene mucho que enseñarte. Tal vez ella descubra que aún puede contártelo.

Fuentes y origen del texto

Este artículo reelabora y amplía «Escuchar puede ser un buen regalo», que publiqué el 30 de junio de 2016. La nueva versión desarrolla aquella reflexión con ejemplos cotidianos y las referencias que se indican a continuación.

Carl Rogers y Richard E. Farson, Active Listening, 1957. Extracto del texto original reproducido por Gordon Training International, utilizado para las referencias a la actitud de escucha y a la comprobación de lo comprendido.

Plum Village, Compassionate Speaking and Deep Listening, publicado el 3 de junio de 2024 a partir de enseñanzas de Thich Nhat Hanh de 2008–2009. Referencia de la sección sobre escucha y práctica espiritual.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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