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Pensamiento y sociedad

Pensamos distinto... ¿Discutir implica enemistarse?

Una opinión distinta puede mostrarnos algo que no habíamos visto. Pero para aprender de ella hay que dejar de tratar cada conversación como una batalla. Antes de empeñarte en ganar, quizá convenga preguntarte qué valoras más: a esa persona o que te dé la razón.

Dos adultos conversan con atención en una cafetería, con sendas tazas sobre la mesa. Imagen editorial generada con IA.

La conversación iba bien hasta que salió aquel tema. Podía ser política, educación, religión o la última maravilla que promete arreglarnos la vida mediante una suscripción mensual. Al principio intercambiasteis razones. Después empezasteis a interrumpiros y, unos minutos más tarde, ya no estabais hablando del asunto: tú intentabas demostrar qué clase de persona era él y él había decidido en qué cajón meterte. El café se enfrió mientras ambos defendíais la civilización desde extremos opuestos de la mesa.

Supongo que no hace falta explicar mucho más la escena. Todos podemos reconocer la tentación de convertir una diferencia en un examen moral del interlocutor. Si piensa eso, será porque es ignorante, egoísta, ingenuo o pertenece a ese grupo al que ya habíamos diagnosticado colectivamente. El problema es que, cuando llega la etiqueta, suele irse la curiosidad. Ya no necesitamos saber cómo ha llegado a su conclusión porque creemos haber comprendido de una vez y para siempre quién es.

El desacuerdo puede hacernos crecer

Discutir, entendido como contrastar razones, no exige enemistarse. Puede ser una forma estupenda de aprender, precisamente porque el otro no reproduce nuestro punto de partida. Tal vez conoce una experiencia que no habíamos tenido en cuenta, detecta una contradicción o nos obliga a precisar una palabra que usábamos con demasiada alegría. Incluso cuando mantenemos nuestra conclusión, podemos terminar comprendiéndola mejor. Hay opiniones que se vuelven más sólidas después de haber pasado por una objeción seria; otras merecen cambiar, y tampoco se hunde el universo por ello.

Pensar solo con quienes coinciden contigo tiene una comodidad evidente: enseguida llegáis a la conclusión de que sois bastante razonables. El inconveniente es que esa facilidad puede dejar intactos vuestros errores compartidos. Por eso merece la pena detenerse en una expresión que utilizamos constantemente: «mi punto de vista». Un punto de vista es, precisamente, un lugar desde el que miramos. Lo que has vivido, lo que conoces, tus responsabilidades y tus preocupaciones orientan tu atención. Desde ahí percibes unas cosas con claridad, mientras otras quedan fuera de tu campo de visión.

Todos tenemos un ángulo muerto, y lo más incómodo de ese ángulo es que no solemos ver lo que nos estamos perdiendo. Podemos confundir lo que alcanzamos a percibir con todo lo que hay que comprender. El otro, situado en otro lugar, quizá advierte una consecuencia que desconocíamos, una dificultad que nunca hemos sufrido o una posibilidad que ni siquiera se nos había ocurrido. Escucharlo puede ampliar nuestra mirada: nos permite incorporar algo de esa realidad a la que no llegábamos desde nuestra posición, sin necesidad de haber vivido personalmente todas las vidas posibles.

Piensa en alguien que organiza los horarios de una empresa y en quien debe cumplirlos mientras cuida de un familiar. El primero puede estar viendo cómo cubrir los turnos; el segundo conoce además lo que supone salir a una hora determinada para que otra persona reciba atención. Si se escuchan, ambos pueden descubrir aspectos que su perspectiva inicial dejaba fuera y buscar una organización mejor. El desacuerdo habrá servido para comprender más. Para eso hay que permitir que la otra persona nos aporte su visión antes de dedicar toda la conversación a demostrar que la nuestra ya era suficiente.

Los estudios sobre polarización ayudan a situar el contexto, aunque no nos entregan una receta para arreglar la próxima sobremesa. El Atlas de la polarización en España 2025, de More in Common, aborda actitudes y experiencias de la sociedad española. Para esta conversación me interesa distinguir dos cosas: discrepar sobre ideas y sentir rechazo hacia quienes las sostienen. Lo segundo puede acabar ocupando tanto espacio que ya no examinamos el argumento; nos basta con identificar quién lo ha dicho para decidir qué nos parece.

Por eso conviene separar a la persona de la afirmación que estamos discutiendo. Que tu amigo defienda una medida que consideras equivocada no resume necesariamente su carácter, sus intenciones ni toda vuestra historia. Puedes encontrar su propuesta injusta y explicarle por qué sin convertirlo de inmediato en un individuo despreciable. Tampoco eres tú la suma de tus opiniones peor formuladas, aunque tal vez haya días en que des bastante material para que alguien lo intente.

¿Quieres comprender o necesitas vencer?

En mitad de una discusión vale la pena preguntarse algo incómodo: ¿valoro más a esta persona o que termine dándome la razón? No es una invitación a fingir acuerdo para conservar la paz. Es una forma de revisar qué estamos haciendo con el vínculo. Tal vez comenzaste queriendo contrastar una idea y ahora necesitas que el otro reconozca públicamente tu superioridad intelectual. En ese punto, la conversación se parece menos a una búsqueda compartida que a una pequeña ceremonia de rendición que el invitado, con muy mal criterio, se niega a protagonizar.

Dar importancia a la persona no obliga a renunciar a la verdad. Puede exigir, precisamente, que hables con franqueza en lugar de dejarla instalada en un error para evitarte una incomodidad. Pero la franqueza no necesita humillación. Puedes decir «creo que ese dato no es correcto y me preocupa la conclusión que estás sacando» en vez de «es increíble que alguien con dos dedos de frente se trague eso». En ambos casos discrepas; solo en uno de ellos dejas un espacio razonable para que el otro pueda escucharte sin empezar por defender su dignidad.

Prueba también a preguntar por el recorrido antes de discutir el destino: «¿Qué es lo que más te preocupa de este asunto?» o «¿Qué experiencia te ha llevado a verlo así?». A veces descubriremos que utilizamos la misma palabra con significados diferentes o que estamos respondiendo a problemas distintos. Una persona puede priorizar la seguridad y otra el riesgo de perder libertad. Comprender esas preocupaciones no resuelve automáticamente el desacuerdo, pero permite discutir algo más concreto que la supuesta maldad del bando contrario.

Antes de responder, intenta formular su idea de una manera que pueda reconocer: «Si te entiendo bien, lo que estás defendiendo es esto; ¿me falta algo?». No hace falta recitarlo con voz de mediador profesional mientras el otro busca disimuladamente la salida. Basta con una comprobación honesta, como explicaba al hablar de escuchar de verdad. Si corriges la versión más torpe de lo que ha dicho, quizá ganes facilidad para refutarlo, pero perderás la oportunidad de comprender su argumento real.

Una discusión sobre IA, por ejemplo

Imagina que alguien afirma que la inteligencia artificial debería prohibirse en la universidad porque impedirá que los estudiantes aprendan. Puedes responder que está anclado en el pasado y explicarle, con paciencia francamente limitada, que el progreso no espera a los dinosaurios. O puedes preguntar qué uso le preocupa. Tal vez está pensando en trabajos entregados sin leer, mientras tú tienes en mente una herramienta que plantea ejercicios y ofrece pistas. Si no distinguís esas situaciones, vais a dedicar media hora a discutir dos cosas diferentes bajo el mismo nombre.

Una vez aclarado el caso, aparecerán desacuerdos reales: cómo evaluar, qué esfuerzo es necesario o qué normas resultan razonables. Ahí hacen falta razones y, cuando corresponda, información comprobable. Si alguien cita un estudio, conviene leer qué investigó, cuándo y con qué herramientas. Si lo que estáis defendiendo es una preferencia o un principio, conviene nombrarlo como tal. No todo se resuelve buscando una cifra, igual que no se puede convertir un dato en una cuestión de gustos solo porque contradiga lo que deseábamos encontrar.

Puedes someterte además a la misma prueba que propones al otro: «¿Qué tendría que encontrar para revisar mi posición?». Si tu respuesta sincera es «absolutamente nada», quizá no estés contrastando una conclusión, sino protegiendo una pertenencia. Crecer mediante opiniones distintas exige dejar abierta alguna posibilidad de aprender. Eso no significa asumir que todo vale, una confusión que conviene evitar al hablar de relatividad y relativismo, sino reconocer que la firmeza y la capacidad de corregirse pueden convivir.

Dejar abierta la conversación

Habrá ocasiones en las que no queramos seguir. Estamos cansados, el asunto resulta demasiado doloroso o la conversación entra en un bucle. Podemos decir: «Esto me importa, pero ahora estamos intentando hacernos daño; prefiero que paremos y lo retomemos otro día». No siempre habrá un final brillante ni una reconciliación cinematográfica. A veces el mejor resultado consiste en evitar una herida innecesaria y dejar una pregunta abierta que cada uno pensará después, cuando ya no tenga al público de la sobremesa esperando su siguiente intervención.

Ojalá podamos salir de algunas discusiones con una idea nueva y de otras, al menos, con una comprensión más justa de la persona que tenemos delante. No hace falta convertir cada diferencia en una amistad rota ni cada acuerdo en un certificado de bondad. Hay mucho que aprender de quien piensa distinto si dejamos de exigirle que nos sirva únicamente de espejo. En El perdido arte de la escucha propongo trabajar justamente esa posibilidad: recuperar conversaciones en las que haya personas intentando comprenderse, y no dos monólogos esperando que el otro se calle.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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