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Pensamiento y sociedad

¿Lo quieres tú o has aprendido a desearlo? La trampa de compararse

Estabas bastante a gusto con tu vida hasta que viste la de otra persona. Ahora tu trabajo parece pequeño, tus vacaciones insuficientes y tus logros llegan tarde. Antes de salir corriendo a mejorar tu existencia, quizá convenga averiguar quién acaba de decidir en qué consiste mejorarla.

Una mujer reflexiona con un cuaderno en un banco, junto a un teléfono apartado, ante un paisaje otoñal. Imagen editorial generada con IA.

Abres el móvil para consultar una cosa y, unos minutos después, descubres que necesitas cambiar de vida. Alguien ha estrenado casa, otro anuncia un ascenso y una pareja sonríe desde un lugar en el que, según parece, nadie madruga para poner una lavadora. Hasta hace un rato tu día era razonablemente bueno. Ahora le falta algo y todavía no sabes exactamente qué, aunque empiezas a sospechar que deberías conseguirlo cuanto antes. Has salido a buscar una información y has vuelto con una insatisfacción que antes no tenías.

Sería cómodo echarle toda la culpa a las redes sociales. Pero la comparación ya existía cuando el escaparate era el vecino, el compañero de clase o ese primo del que la familia hablaba como si hubiera resuelto personalmente todos los problemas del universo. Lo que merece atención es el movimiento interior: algo adquiere valor porque lo vemos en manos de alguien a quien admiramos o con quien competimos. Creemos estar eligiendo un objeto, una meta o una forma de vivir, pero también estamos respondiendo a la presencia de otra persona.

Entre lo que deseas y tú puede haber alguien más

René Girard ofrece una perspectiva sugerente en «Mentira romántica y verdad novelesca». Al analizar a don Quijote muestra que Amadís actúa como modelo de sus aspiraciones; después observa cómo Sancho aprende de su señor a desear una ínsula. Entre quien desea y lo deseado aparece un mediador. Es una lectura filosófica de la literatura, no una demostración experimental de que todos nuestros deseos tengan idéntico origen, pero permite formular una pregunta bastante incómoda: ¿a quién estoy mirando cuando decido lo que quiero?

La pregunta no pretende descubrir un deseo completamente aislado del mundo. Hemos aprendido a hablar, apreciar y elegir en relación con otras personas, y muchas influencias nos han abierto posibilidades valiosas. Un profesor puede despertar un interés que desconocíamos; un amigo puede acercarnos a una actividad que termina importándonos de verdad. Recibir una inspiración no nos vuelve menos libres. La cuestión es si hacemos nuestra esa posibilidad mediante el conocimiento y la experiencia, o si la perseguimos porque necesitamos parecernos a alguien, alcanzarlo o superarlo.

La diferencia se reconoce mejor cuando examinamos qué estamos dispuestos a vivir. Podemos desear la imagen pública de un escritor y descubrir que no nos interesa pasar horas leyendo, corrigiendo y buscando una expresión que todavía no aparece. Puede atraernos el prestigio de un cargo y no las tareas ni las responsabilidades que incluye. Si lo que queremos es sobre todo la mirada que imaginamos recibir, corremos el riesgo de organizar una vida alrededor de algo que apenas disfrutaríamos cuando nadie estuviera mirando.

Cuando la comparación empieza a elegir por nosotros

Compararse puede orientar: nos permite descubrir diferencias, aprender de alguien o reconocer una posibilidad que no conocíamos. El problema aparece cuando toda diferencia se convierte en una medida de nuestro valor. Entonces el éxito ajeno deja de ser una noticia sobre otra persona y pasa a sentirse como un informe desfavorable sobre nosotros. Uno consigue algo y, en lugar de disfrutarlo, busca enseguida a quien ha conseguido más. Así resulta difícil llegar a ningún sitio, porque la meta cambia cada vez que alguien se mueve.

Una investigación publicada en 2026 sobre imagen corporal y comparación en redes, basada en una encuesta a 1.205 jóvenes de 16 a 29 años en España, analiza experiencias de validación y comparación con respuestas emocionales diversas. Su ámbito es concreto y su diseño no permite atribuir sin más una causa a esas relaciones. No sirve para demostrar toda una teoría del deseo, aunque sí recuerda que la forma en que nos vemos merece examinarse también dentro de las relaciones y los entornos en los que buscamos reconocimiento.

Hay algo especialmente agotador en depender de una clasificación que nunca termina. Tal vez quieras un trabajo distinto porque el que tienes no encaja con tus capacidades; tal vez porque alguien de tu promoción ocupa un puesto que parece mejor. Las dos cosas pueden mezclarse y no se aclaran a base de reprocharte que eres envidioso. Necesitamos comprender qué nos está ocurriendo y qué necesidad intenta expresarse. A veces la comparación apunta a una inquietud real, pero la presenta disfrazada de una solución que no nos corresponde.

Preguntarle al deseo qué vida trae consigo

Podemos elegir una aspiración concreta y preguntarnos qué esperamos recibir de ella. Si queremos cambiar de trabajo, ¿buscamos aprender, ganar autonomía, disponer de más tiempo o sentir que por fin nos respetan? Después conviene mirar si esa meta ofrece realmente lo que le estamos pidiendo. Quizá una promoción mejore el salario y empeore justo el tiempo familiar que decíamos querer recuperar. Poner ambas cosas sobre la mesa no obliga a renunciar; permite decidir con una imagen menos fantasiosa de lo que estamos eligiendo.

Otra pregunta útil es si seguiríamos queriendo aquello aunque nadie pudiera enterarse. No es un examen infalible de autenticidad: el reconocimiento forma parte de muchas actividades humanas y no tiene nada de vergonzoso desearlo. Pero puede descubrir una desproporción. Si desaparece todo interés cuando imaginamos la ausencia de aplauso, quizá estemos buscando sobre todo confirmación de nuestro valor. Antes de hipotecar una parte importante de la vida, merece la pena saber qué necesidad estamos intentando atender y si hay maneras más adecuadas de hacerlo.

También necesitamos probar las cosas a una escala que podamos asumir. Antes de convertir una afición en profesión, conocer su trabajo cotidiano; antes de admirar un estilo de vida, escuchar a quien lo sostiene y sus dificultades. La experiencia permite distinguir el encuentro con algo valioso de la fascinación por su escaparate. A eso me refiero al hablar de las humanidades como arte del buen vivir: el conocimiento sirve para revisar cómo vivimos, no solamente para añadir palabras elegantes a nuestras preferencias.

Elegir mejor a quién damos nuestra atención

No se trata de dejar de admirar, sino de prestar atención a la clase de vida hacia la que nos orienta esa admiración. Hay personas que nos despiertan curiosidad, generosidad o ganas de aprender; otras activan una urgencia permanente por demostrar que no nos hemos quedado atrás. Podemos reconocer ese efecto sin condenarlas ni atribuirles una intención que desconocemos. A veces basta con cambiar nuestros hábitos de atención y volver a relaciones en las que no tengamos que presentar resultados para sentir que merecemos estar.

Si al mirar hacia dentro encontramos rivalidad o envidia, tampoco hace falta convertir el descubrimiento en una nueva humillación. En «Luchar contra los propios defectos sin hacerse daño» propongo comprender aquello que necesitamos transformar sin identificarnos por completo con ello. Aquí la tarea es parecida: escuchar qué revela ese malestar, reconocer qué nos importa y revisar el modo en que estamos intentando conseguirlo. Castigarnos por compararnos puede dejarnos tan pendientes del juicio como antes.

Quizá vuelvas a ver el ascenso, la casa o el viaje de aquella persona y sigas deseando algo semejante. Puedes examinarlo con calma y decidir que sí, que también encaja contigo, o descubrir que lo que necesitas tiene otra forma. En «Introducción a la sociología para humanistas» me interesa abrir esa mirada sobre lo que aprendemos a considerar deseable. Conocer las influencias que recibimos permite participar con más conciencia en nuestras elecciones, para que no acabemos viviendo una vida ajena con nuestros propios días.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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