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Pensamiento y sociedad

Hacer amigos de adulto: la amistad necesita algo más que «a ver si quedamos»

Tenemos contactos, grupos y conversaciones pendientes, pero encontrar a alguien con quien compartir una preocupación puede costar bastante más. La amistad adulta suele quedarse sin sitio entre obligaciones. Recuperarla exige tiempo y cierta iniciativa, aunque nos dé reparo volver a proponer un café.

Tres adultos conversan mientras pasean por una plaza de barrio mediterránea. Imagen editorial generada con IA; marca IA abajo a la izquierda.

«Tenemos que vernos». «Sí, a ver si quedamos». La conversación termina con cariño, unos cuantos emoticonos y una intención estupenda. Después pasan las semanas. Nadie ha mentido, nadie quería quitarse al otro de encima y, sin embargo, no hemos quedado. El trabajo, las obligaciones familiares y lo urgente han ido ocupando los huecos. La amistad ha quedado para cuando haya tiempo, ese momento maravilloso que parece estar siempre a punto de llegar y nunca termina de presentarse.

Hacer amigos de adulto puede costar por razones parecidas. De pequeños compartíamos lugares y horarios sin tener que organizarlos: el aula, el patio, la calle, una actividad. Encontrábamos a las mismas personas una y otra vez, y el trato podía crecer dentro de esa continuidad. En la vida adulta cambiamos de ciudad, de empleo o de responsabilidades, y esos espacios dejan de existir o se vuelven más estrechos. Podemos conocer a mucha gente sin llegar a compartir con nadie una parte significativa de nuestra vida.

La amistad necesita ocasiones para empezar

Mirarlo así permite retirar una culpa innecesaria. Tener dificultades para hacer amigos no demuestra que seamos incapaces de relacionarnos ni que haya algo defectuoso en nuestra personalidad. La sociología de la amistad estudia también las condiciones que acercan o separan a las personas. Félix Requena las analiza en *Amigos y redes sociales*, publicado por el CIS: los vínculos tienen una dimensión social que no se explica únicamente por la simpatía entre individuos.

Podemos reconocerlo en algo sencillo. Si coincidimos cada semana con las mismas personas en un taller, una asociación o una actividad deportiva, habrá más ocasiones de pasar del saludo a una conversación. Eso no garantiza una amistad, porque la afinidad y la libertad de cada uno cuentan. Pero ofrece un contexto en el que conocerse sin tener que resolverlo todo en un primer encuentro. En ocasiones buscamos una conexión extraordinaria cuando todavía nos falta una costumbre bastante ordinaria: volver a encontrarnos.

La Comisión de la OMS sobre Conexión Social, en su informe de 2025, sitúa la soledad y el aislamiento como problemas relevantes para el bienestar y la vida colectiva. Conviene distinguirlos: podemos estar solos por elección y encontrarnos bien, o sentirnos solos dentro de un grupo. Por eso la respuesta no consiste simplemente en llenar la agenda de gente. Importa la posibilidad de construir relaciones en las que exista reconocimiento, compañía y un lugar para lo que nos pasa.

De coincidir a elegir compartir algo

Para empezar, quizá convenga escoger un entorno que nos interese por sí mismo. Si disfrutamos leyendo, aprendiendo, haciendo música o ayudando en un proyecto, tenemos algo que compartir antes incluso de hablar de nosotros. Además, la actividad seguirá teniendo sentido aunque no aparezca una amistad. La otra persona puede acercarse como alguien con quien hacemos una cosa valiosa, en lugar de sentirse sometida a un casting para cubrir el puesto de mejor amigo.

Después hará falta alguna iniciativa. «El sábado iré a ese paseo; si te apetece, podemos ir juntos» ofrece una posibilidad más clara que «a ver si un día hacemos algo». Es una invitación concreta y deja espacio para una respuesta libre. Si no puede, cabe preguntar por otra ocasión; si no muestra interés repetidamente, también podemos dejar de insistir. Dar el primer paso no nos obliga a perseguir a nadie ni convierte cada negativa en una sentencia sobre lo interesantes que somos.

También cuesta decidir cuánto contar. Podemos temer parecernos demasiado reservados y, por compensar, entregar toda nuestra biografía en la segunda conversación. Pero la confianza suele necesitar un trato en el que vayamos descubriendo cómo responde el otro y cómo nos sentimos nosotros. Compartir una preocupación pequeña, preguntar con atención o reconocer que no sabemos algo puede abrir más espacio que una confesión acelerada. La intimidad merece una libertad y un ritmo que no conviene forzar.

Cuidar un vínculo sin llevar una contabilidad

En «Escuchar de verdad» me detenía en el valor de prestar atención a una persona. En una amistad, esa atención también aparece después de la conversación: recordar algo que le importaba, interesarnos por cómo ha ido o proponer un encuentro porque disfrutamos de su compañía. Son gestos pequeños, pero le dan continuidad al vínculo. La amistad no puede vivir indefinidamente de una buena conversación que tuvimos hace tres años.

La reciprocidad importa, aunque no sea una contabilidad exacta. Habrá épocas en que uno necesite más apoyo y el otro disponga de más fuerzas; después quizá cambien las circunstancias. Lo que permite sostener esa desigualdad temporal es una disposición compartida a cuidar la relación. Si siempre proponemos, escuchamos y adaptamos nuestros horarios mientras el otro solo aparece cuando necesita algo, tendremos motivos para revisar el lugar que le damos. Cuidar una amistad también incluye reconocer sus límites.

Podemos, además, recuperar vínculos que se han debilitado sin hacer del reencuentro un juicio por abandono. Un mensaje que diga «me he acordado de ti y me gustaría saber cómo estás» deja entrar al otro de una manera distinta a un inventario de las veces que no llamó. Tal vez encontremos una cercanía que seguía ahí; tal vez descubramos que nuestras vidas han tomado caminos diferentes. Vale la pena permitir ambas respuestas. Ninguna amistad está obligada a conservar exactamente la forma que tuvo en otro momento.

Compartir la vida sin exigir una amistad perfecta

No todas las relaciones tendrán la misma profundidad, y eso no les quita valor. Podemos tener una persona con quien caminar, otra con quien pensar y otra a la que llamar cuando una preocupación nos desborda. Esperar que alguien reúna toda la compañía, la comprensión y la disponibilidad que necesitamos puede hacer que despreciemos encuentros buenos porque todavía no son completos. Una vida compartida también se construye con vínculos distintos que encuentran su lugar sin competir entre sí.

Hay circunstancias que hacen ese camino más difícil: horarios imprevisibles, problemas de movilidad, falta de recursos o ausencia de espacios accesibles. Por eso la iniciativa personal necesita también comunidades que permitan encontrarse. Una biblioteca, una asociación o un lugar donde sentarse sin tener que consumir pueden favorecer algo importante. Del mismo modo que una ayuda concreta puede cambiar la experiencia de alguien, una invitación sencilla puede abrir una ocasión de compañía que antes no existía.

Quizá podamos empezar por devolver contenido a aquel «a ver si quedamos». Pensar en una persona, proponerle un día y una posibilidad razonable, aceptar su respuesta y estar de verdad cuando nos encontremos. No vamos a fabricar una amistad por decreto, pero sí podemos ofrecerle tiempo y ocasiones para crecer. Si te interesa seguir pensando cómo cuidar lo que compartimos con los demás, nos leemos en el correo del domingo.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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