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Pensamiento y sociedad

Hablar de los demás: cuando una palabra daña su reputación

Repetir un rumor también es tomar parte en él. Una reflexión sobre la responsabilidad de hablar de alguien ausente, comprobar lo que sabemos y reparar el daño que causamos.

Dos personas detienen una conversación junto a una tercera silla vacía y una taza; un móvil descansa boca abajo. Fotografía editorial generada con IA, con marca IA abajo a la izquierda.

«No sé si será verdad, pero me han dicho que…». A veces basta esa entrada para que nos dispongamos a escuchar con un interés que no dedicamos a otras cosas bastante más valiosas. Alguien va a contarnos algo de una persona que no está delante. Quizá no conoce bien lo ocurrido, quizá lo ha oído de otro, quizá nosotros tampoco podamos comprobarlo. Pero la conversación continúa y, cuando termina, ya miramos de otra manera a quien ni siquiera ha podido intervenir.

Me preocupa la ligereza con la que hablamos de los demás. Tenemos muy presente el daño que puede hacernos una mala palabra y bastante menos el que podemos causar nosotros. Nos parece que comentar algo es una actividad casi inocente, una forma de pasar el rato. Sin embargo, las palabras participan en la construcción del mundo que compartimos: influyen en quién merece nuestra confianza, a quién damos una oportunidad y de quién preferimos mantenernos lejos. Cuando hablamos de alguien, también estamos haciendo algo con su vida.

El rumor no se vuelve cierto porque lo repitamos

Un rumor es una información que circula sin que su verdad esté suficientemente comprobada. Puede contener una parte cierta, una interpretación equivocada o una falsedad completa. Lo decisivo, antes de transmitirlo, es reconocer qué sabemos realmente. Haber escuchado algo con mucha seguridad no nos convierte en testigos de lo sucedido. Tampoco la familiaridad de una historia demuestra que sea verdadera: podemos reconocerla porque ya nos la han contado varias veces.

Pensemos en un compañero del que alguien dice que siempre se escaquea. Hemos visto que salía antes un día; desconocemos por qué. Al repetir que es poco trabajador, damos un salto entre lo observado y el juicio sobre su persona. Tal vez había un motivo que no conocíamos. Tal vez cometió una falta concreta. En cualquiera de los casos, nuestra frase afirma mucho más de lo que podemos sostener. Y quien la escucha puede utilizarla después para interpretar todo lo que haga ese compañero.

Añadir «yo solo digo lo que me han contado» no nos deja fuera de la conversación. Somos nosotros quienes elegimos darle otra voz a esa historia. Por eso considero que tenemos una responsabilidad tanto sobre lo que afirmamos como sobre lo que ayudamos a circular. La facilidad de reenviar un mensaje no vuelve pequeño el daño que pueda causar.

La verdad y la discreción necesitan ir juntas

En mi tradición cristiana encuentro una distinción útil. El Catecismo de la Iglesia Católica, en los números 2477–2479, diferencia el juicio moral sin fundamento suficiente, la divulgación injustificada de faltas ajenas y la falsedad que perjudica la reputación. Son problemas distintos, aunque puedan convivir en una misma conversación. Incluso algo verdadero requiere preguntarnos por qué lo contamos y a quién.

No hace falta compartir mi fe para reconocer la pregunta: ¿qué bien buscamos al decir esto? Podemos necesitar explicar un daño, pedir ayuda o advertir de un riesgo. También podemos estar buscando la complicidad del grupo a costa de alguien ausente, cobrarnos una pequeña venganza o rebajar a quien nos incomoda. La misma soltura con la que examinamos los defectos ajenos podría servirnos para revisar nuestras intenciones. Nos vendría bien volver esa mirada un poco hacia dentro.

Cuidar la reputación de una persona incluye hablar con precisión cuando es necesario hacerlo. Si hay una conducta que debe corregirse, conviene identificarla y dirigirse a quien pueda intervenir. Si alguien necesita protección, merece poder contar lo que le sucede. La discreción pierde su sentido cuando se utiliza para dejar a alguien indefenso. La cuestión es si nuestras palabras ayudan a comprender y atender una situación o si solo añaden espectadores al descrédito.

Detrás del nombre hay una persona

Una mala palabra puede convertirse en un hachazo contra la imagen de alguien. Otro comentario añade un golpe y otro más ensancha la herida. La imagen es dura porque también lo es ver cómo una persona pierde vínculos, oportunidades o confianza por una historia que nadie se ha detenido a comprobar. No siempre estamos presentes cuando llegan esas consecuencias. Podemos habernos olvidado de lo que dijimos mientras el otro sigue tratando de explicar que no es aquello que han contado de él.

Me parece importante recordar que la persona siempre es más que nuestro juicio. Tiene una historia que conocemos parcialmente, dificultades que quizá ignoramos y posibilidades que todavía no ha realizado. También tiene defectos, como tú y como yo. Reconocer su dignidad no exige declararla perfecta; exige no reducirla a la versión que nos resulta más cómoda repetir. En Elogio de la imperfección propongo mirar de frente nuestros límites. Esa mirada debería hacernos más justos con los límites de los demás.

La escucha de verdad también tiene aquí algo que aportar. Antes de dar por terminada una historia, podemos reconocer la versión que falta. A veces bastará con decir «no sé lo que ha pasado» o «prefiero no afirmarlo sin comprobarlo». Puede que la conversación pierda un poco de animación. La dignidad de alguien merece que soportemos ese pequeño bajón del espectáculo.

Reparar lo que hemos dañado

Si hemos difundido una falsedad, dejar de repetirla es un comienzo. Después conviene buscar a quienes nos escucharon y corregirla con claridad. Una disculpa a la persona afectada puede ser necesaria, pero no borra por sí sola la idea que hemos dejado instalada en otros. Reparar pide volver allí donde nuestra palabra hizo daño, en la medida de lo posible y sin volver a exponer innecesariamente a quien ya lo ha sufrido.

También podemos devolver a la conversación aquello bueno y verdadero que dejamos fuera. A veces una descripción injusta no se construye inventando todo, sino seleccionando únicamente lo peor. Reconocer una capacidad, un gesto generoso o una explicación que omitimos ayuda a restituir una mirada más completa. No se trata de compensar una mentira con un elogio inventado: debemos a la persona la misma verdad que debíamos haber cuidado al principio.

La guía de pensamiento y sociedad reúne otras reflexiones sobre cómo convivimos y qué lugar damos a la dignidad humana. Esa pregunta se juega también en una sobremesa, en el pasillo del trabajo o en un grupo de mensajes. Antes de hablar de alguien, podemos detenernos un instante y preguntarnos qué sabemos, qué estamos añadiendo y qué queremos conseguir. Ojalá nuestras palabras ayuden a que el otro pueda vivir entre nosotros, crecer y ser conocido con justicia. La lengua es el instrumento; la responsabilidad sigue siendo nuestra.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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