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Espiritualidad

Perdonar no es volver a abrir la puerta: perdón, confianza y límites

Puedes querer dejar atrás el rencor y decidir que alguien no vuelva a entrar en tu vida. El perdón, la confianza y la reconciliación no son un paquete indivisible.

Una puerta de madera cerrada en una estancia serena, con luz cálida entrando por una ventana cercana. Imagen generada con IA.

«Si me has perdonado, ¿por qué no quieres que todo vuelva a ser como antes?». La pregunta puede expresar un deseo sincero de recuperar una relación, pero también puede esconder una exigencia bastante injusta. Porque quizá antes había mentiras, desprecio o una confianza utilizada para hacer daño. Y quien ha vivido aquello puede desear dejar atrás el resentimiento sin estar dispuesto a volver al mismo lugar. ¿Por qué tendríamos que interpretar esa decisión como una falta de generosidad? Tal vez esté intentando cuidar, por fin, de su propia vida.

Creo que parte de la confusión nace de tratar el perdón, la reconciliación y la confianza como si fueran una sola cosa. Los relacionamos tanto que terminamos exigiendo que aparezcan juntos y al mismo tiempo, preferiblemente en cuanto alguien ha dicho «lo siento». Pero una persona puede querer el bien de quien la hirió y no desear recuperar la intimidad que compartían. También puede estar dispuesta a conversar sin tener todavía motivos para confiar. Distinguir esas posibilidades nos ayuda a hablar del perdón sin convertirlo en una nueva carga para quien ya ha sufrido.

Perdonar sin justificar lo sucedido

Entiendo el perdón como la posibilidad de dejar de responder al daño con el deseo de causar más daño, conservando la conciencia de lo ocurrido y de la responsabilidad de quien lo hizo. Es una manera de comprenderlo, y sé que la experiencia de cada persona puede introducir matices que una definición no alcanza. Lo que me parece decisivo es que el perdón no transforme lo injusto en aceptable ni nos obligue a llamar «tontería» a algo que nos ha herido profundamente. Podemos renunciar a la venganza y seguir pidiendo que se repare un daño.

En el apartado 241 de Fratelli tutti, Francisco defiende precisamente que el perdón es compatible con proteger la dignidad y los derechos propios y ajenos, y con impedir que continúe la opresión. Me interesa esa precisión porque a veces presentamos la bondad como una disponibilidad para aguantar cualquier cosa. Parece que la persona espiritual deba comprenderlo todo, soportarlo todo y, además, sonreír para no estropear el ambiente. Una espiritualidad que solo pide sacrificios a quien ya los está pagando merece que la revisemos con bastante atención.

También conviene recordar que pedir responsabilidades puede ser una forma de tomar en serio al otro. Si considero que es capaz de reconocer lo que ha hecho y actuar de manera distinta, no necesito fingir que su conducta carece de importancia. Perdonar no exige retirar una denuncia, abandonar una reclamación o facilitar que el daño se repita. El amor puede expresarse en una ayuda, en una conversación y también en un límite que diga con claridad: esto no puede seguir ocurriendo.

Recuperar una relación necesita algo más que una intención

Pensemos en una amistad que se ha deteriorado por varias mentiras. Una de las personas puede decidir que no quiere pasar la vida alimentando el resentimiento, pero esa decisión no cambia por sí sola el comportamiento de la otra. Para reconstruir algo entre ambas harán falta reconocimiento, disposición a reparar y conductas que permitan creer en un cambio. Y hará falta que las dos quieran intentarlo. Una relación no vuelve a existir porque una parte considere que ya ha cumplido con pronunciar las palabras adecuadas.

La confianza se mueve en ese terreno de los hechos. Si alguien ha utilizado una confidencia para hacerme daño, puedo dejar de desearle mal y seguir eligiendo con cuidado qué comparto con él. No sería razonable exigir que demostrara mi perdón entregándole inmediatamente otra confidencia. Recordar lo sucedido puede ayudarme a decidir con prudencia, y esa prudencia no equivale necesariamente a guardar rencor. A veces es el resultado de haber aprendido algo que habría preferido no tener que aprender.

Habrá relaciones que encuentren una forma nueva de continuar y otras que no lo hagan. Incluso cuando existe un arrepentimiento sincero, la otra persona conserva su libertad para decidir qué lugar quiere dar a ese vínculo. Comprenderlo cuesta, especialmente si somos nosotros quienes hemos causado el daño y deseamos recuperar cuanto antes lo perdido. Pero pedir perdón también debería incluir el respeto a una respuesta que no coincida con la que esperábamos recibir.

Los límites y el tiempo de cada persona

Poner un límite puede empezar por algo tan concreto como decir que no continuaremos una conversación mientras haya insultos, que necesitamos distancia o que no queremos retomar una relación. Son decisiones que tendrán que ajustarse a cada situación, no fórmulas capaces de resolverlo todo. Cuando existen violencia o amenazas, la protección y el apoyo adecuado van primero; nadie tiene que exponerse a una conversación peligrosa para demostrar madurez. Del mismo modo que reconocer nuestros defectos no exige hacernos daño, reconocer la humanidad del otro no debería llevarnos a desatender la nuestra.

También hay una responsabilidad de quienes acompañamos desde fuera. Resulta bastante fácil recomendar el perdón después de escuchar durante diez minutos una historia que otra persona lleva años soportando. Quizá lo primero que necesita sea que reconozcamos lo ocurrido y escuchemos de verdad, sin conducirla hacia el desenlace que a nosotros nos parece más edificante. No querer o no poder perdonar ahora no la convierte en una mala persona, ni debería dejarla sin nuestro cuidado. Podemos hablar de una posibilidad sin transformarla en un examen.

Por eso, antes de preguntarnos si debemos volver a una relación, conviene separar lo que estamos decidiendo: qué queremos hacer con nuestro deseo de venganza, si existen condiciones para reconstruir algo y qué motivos tenemos para confiar de nuevo. Las respuestas pueden llegar en momentos distintos y conducirnos por caminos diferentes. Ojalá encontremos una manera de vivir que no quede gobernada por el daño recibido, pero sin exigirnos que para lograrlo abandonemos nuestra dignidad a la puerta. Si estas preguntas también te acompañan, podemos seguir compartiéndolas en el correo del domingo.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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